Page 23 - Revista 2014
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(*) Felices los que nada esperan, porque nunca serán defraudados.
             Aldea del Pinar                                                               Revista Nº 7 - Ago/2014


                   Añoranzas de la Aldea y despoblación.




                                                              Jesús, donde los comensales nos chupábamos y
             En un lugar llamado Mundo y en un pueblo lla-    rechupábamos los dedos.
             mado Aldea  hubo  una  época,  en  mi  niñez,  en
             que las casas habitadas eran entre cuarenta y cin-  En  la  época  de  la  matanza,  ya  se  ha  dicho  en
             co y cincuenta.                                  varias ocasiones, las protagonistas eran las mu-
                                                              jeres  (sin  olvidar  que  los  trabajos  más  duros
             Entre niños y niñas, estábamos matriculados en   los hacían los hombres); ellas hacían extraordi-
             la escuela unos cuarenta.                        narios adobos y unos chorizos y morcillas que
                                                              nada tenían que envidiar a las famosas morci-
             Llegó la época de la guerra civil; los mozos del   llas de Burgos.
             pueblo  se  fueron  marchando,  unos  porque  les
             llegaba  el  día  de  cumplir  el  servicio  militar  y
             otros  porque  fueron  movilizados  a  la  guerra.
             Otros fueron a probar suerte a Argentina o Esta-
             dos Unidos. Las mozas se marchaban a servir a
             Barcelona principalmente, ya que eran mejor re-
             tribuidas que en otras capitales españolas. Con
             todo ello, el pueblo se quedaba sin juventud.


             Nuestros  abuelos  y  padres  se  hacían  mayores.
             La  expectativa  de  vida  era  menor  que  actual-
             mente,  así  es  que  lógicamente  iban  desapare-
             ciendo. Hasta llegar a hoy en que en la Aldea
             apenas contamos catorce habitantes en invierno.

             Me viene a la memoria el grato recuerdo de ver
             a  nuestras  madres,  los  días  que  no  trabajaban
             en  el  campo,  salir  con  sus  hermosos  canasti-  Yo saco la conclusión de que nuestras antepasa-
             llos, provistas de todo lo necesario para traba-  das aldeanas sabían hacer de todo en la casa y
             jar  cada  una  en  lo  suyo:  unas  cosían,  otras   en  el  campo.  ¡Benditas  madres  y  abuelas!  Un
             tejían, otras hilaban(1), haciéndolo todo primo-  aplauso para ellas y un viva para la Aldea.
             rosamente.  Se  reunían  con  sus  vecinas  o  con
             sus  familiares.  Se  contaban  cosas,  cambiaban                            Piedad Mateo
             impresiones. Era maravilloso ver aquellos gru-
             pos al salir de la escuela.


             En la cocina nuestras madres hacían suculentos  (1) Hilar consistía en cardar la lana, una vez lavada, con
             platos, sin haber visto ni oido a los grandes coci-  unas cardas de madera llenas de pinchos; convertían la
             neros de nuestra época; no existían los de Mas-  lana en láminas muy finas. Hecho esto, se ponía en una
             ter Chef.                                       rueca, que podía ser una cardoncha seca del campo. Col-
                                                             gada allí la lana, con mucha destreza se iba estirando
             Recuerdo bien los pollos, realmente auténticos  con los dedos y, convertida en finos hilos, se enrrollaba
             de corral, que no se comían todos los días sino  en un huso de madera, destinada a hacer ovillos para
             que  estaban  destinados  para  celebrar  aconteci-  después tejer los jerseys y calcetines.
             mientos  importantes  o  fiestas,  como  la  de


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