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(*) Felices los que nada esperan, porque nunca serán defraudados.
Aldea del Pinar Revista Nº 7 - Ago/2014
Añoranzas de la Aldea y despoblación.
Jesús, donde los comensales nos chupábamos y
En un lugar llamado Mundo y en un pueblo lla- rechupábamos los dedos.
mado Aldea hubo una época, en mi niñez, en
que las casas habitadas eran entre cuarenta y cin- En la época de la matanza, ya se ha dicho en
co y cincuenta. varias ocasiones, las protagonistas eran las mu-
jeres (sin olvidar que los trabajos más duros
Entre niños y niñas, estábamos matriculados en los hacían los hombres); ellas hacían extraordi-
la escuela unos cuarenta. narios adobos y unos chorizos y morcillas que
nada tenían que envidiar a las famosas morci-
Llegó la época de la guerra civil; los mozos del llas de Burgos.
pueblo se fueron marchando, unos porque les
llegaba el día de cumplir el servicio militar y
otros porque fueron movilizados a la guerra.
Otros fueron a probar suerte a Argentina o Esta-
dos Unidos. Las mozas se marchaban a servir a
Barcelona principalmente, ya que eran mejor re-
tribuidas que en otras capitales españolas. Con
todo ello, el pueblo se quedaba sin juventud.
Nuestros abuelos y padres se hacían mayores.
La expectativa de vida era menor que actual-
mente, así es que lógicamente iban desapare-
ciendo. Hasta llegar a hoy en que en la Aldea
apenas contamos catorce habitantes en invierno.
Me viene a la memoria el grato recuerdo de ver
a nuestras madres, los días que no trabajaban
en el campo, salir con sus hermosos canasti- Yo saco la conclusión de que nuestras antepasa-
llos, provistas de todo lo necesario para traba- das aldeanas sabían hacer de todo en la casa y
jar cada una en lo suyo: unas cosían, otras en el campo. ¡Benditas madres y abuelas! Un
tejían, otras hilaban(1), haciéndolo todo primo- aplauso para ellas y un viva para la Aldea.
rosamente. Se reunían con sus vecinas o con
sus familiares. Se contaban cosas, cambiaban Piedad Mateo
impresiones. Era maravilloso ver aquellos gru-
pos al salir de la escuela.
En la cocina nuestras madres hacían suculentos (1) Hilar consistía en cardar la lana, una vez lavada, con
platos, sin haber visto ni oido a los grandes coci- unas cardas de madera llenas de pinchos; convertían la
neros de nuestra época; no existían los de Mas- lana en láminas muy finas. Hecho esto, se ponía en una
ter Chef. rueca, que podía ser una cardoncha seca del campo. Col-
gada allí la lana, con mucha destreza se iba estirando
Recuerdo bien los pollos, realmente auténticos con los dedos y, convertida en finos hilos, se enrrollaba
de corral, que no se comían todos los días sino en un huso de madera, destinada a hacer ovillos para
que estaban destinados para celebrar aconteci- después tejer los jerseys y calcetines.
mientos importantes o fiestas, como la de
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