Page 27 - Revista 2014
P. 27

(*) Biología: donde hay comida comparecen los comensales.
             Aldea del Pinar                                                               Revista Nº 7 - Ago/2014


                   La carta.



                                                              Salíamos a tomar el fresco a la plaza y, con el
            Aun recuerdo la emoción de los días en los que  sobre bien sujeto en mi mano, recorríamos los
            recibíamos carta del tío Anselmo. Corría a sen-   50 metros desde la esquina de la Calle Grande
            tarme en el sofá con el abuelo y este abría el so-  hasta  el  buzón  que  estaba  junto  al  cuartelillo.
            bre  con  sumo  cuidado,  pasando  el  cuchillo  de  Aupado por mi abuelo abría la trampilla amari-
            cortar el pan por la solapa para que quedara per-  lla y dejaba resbalar sobre el trampolín interior
            fectamente abierto por el pliegue superior.       la  carta  medio  arrugada  que  escapaba  suave-
                                                              mente de entre mis dedos.
            El  abuelo  leía  las  buenas  o  malas  noticias  que
            desde la guerra mandaba mi tío y yo, que aún
            no sabía leer, creía verlas en los renglones torci-
            dos  hacía  arriba  que  venían  garabateados  en
            dos cuartillas amarillentas.

            Tras la cena nos arremolinábamos alrededor de
            la  mesa  e  íbamos  confeccionando,  con  retales
            de sentimiento, la carta de vuelta. “Que te abri-
            gues bien hijo” decía la abuela. “Come de todo,
            que toda energía es poca en trincheras” añadía
            mi madre, diciéndolo bien alto y con intención
            de que yo también oyera el consejo. “Muchos be-
            sos tío, aquí te espero con los anzuelos listos pa-  Al  volver  a  casa  mi  abuela  me  preguntaba:
            ra ir de pesca” le iba dictando a mi abuelo que  “¿La habrás dejado caer bien, no? ¿Habrás oído
            escribía  mis  deseos  con  letra  áspera,  o  eso  me  el ruido que hacía sobre las demás cartas, ver-
            parecía a mí, porque rascaba la pluma en el pa-   dad ? Y yo le respondía que había aprovechado
            pel arrastrada por sus viejas y agrietadas manos.  a que los grillos no cantaran para soltarla y que
            Al terminar soplaba el folio para secar la tinta,  acercando mi cabeza al buzón había comproba-
            que parecía que quisiera mandarlo volando has-    do como sonaba en el fondo al chocar con las
            ta  el  campo  de  batalla,  y  después  leía  de  un  que seguro serían sus compañeras de viaje; por-
            tirón y con voz solemne el amasijo de letras hil-  que esas cartas iban todas al mismo lugar”.
            vanadas con buenas intenciones pero sin ningún
            rigor ortográfico, perdonándose el “haver si buel-  Una  mañana,  que  volvía  de  cazar  ranas  en  el
            bes pronto” sólo porque salía de lo más profun-   arroyuelo, vi un sobre en la repisa de la cocina
            do  de  su  corazón  y  porque  el  maestro  de  la  y busqué a mi abuelo enfadado por no haberme
            escuela estaba también en la contienda intentan-  esperado  para  abrirlo  juntos.  Mi  abuela,  senta-
            do salvar el pellejo.                             da en el sofá, me tendió su mano para que me
                                                              sentara junto a ella. De pie, mi abuelo me mira-
            Yo disfrutaba con la gran responsabilidad de cor-  ba con gesto de reprobación. Solté la red en el
            tar  el  sello  por  la  cenefa  troquelada  del  pliego  suelo y, sintiéndome culpable por haber ido de
            que  mis  abuelos  guardaban  en  la  cómoda  del  caza  sin  permiso,  puse  cara  de  niño  arrepenti-
            salón  y  pegarlo  en  el  sobre.  Y  con  el  sabor  do. “¿Podremos escribirle al tío después de ce-
            dulzón  de  la  goma  en  mi  boca  imaginaba  las  nar?”  pregunté,  y  mi  abuela,  dejando  rodar
            aventuras que esa carta viviría antes de llegar a  hasta la comisura de sus labios una lágrima, res-
            manos del tío Anselmo.                            pondió: “no cariño, esta noche no escribiremos
                                                              a tu tío Anselmo”.
                                                                                          Carmen Siles Soldado


                                                            27
   22   23   24   25   26   27   28   29   30   31   32