Page 20 - Revista 2011
P. 20
Revista Nº 4 - Ago/2011
Aldea del Pinar
do a tu tradicional condición de proscrito social y a
la perspectiva existencial -en tu caso propia y global-
mente válida- que la angustia que tal condición te
produce te ha llevado a desarrollar. Y ahora, si me
perdonas, debo continuar mi camino.
Caperucita Roja enfiló nuevamente el sende-
ro. Pero el lobo, liberado por su condición de segre-
gado social de esa esclava dependencia del
pensamiento lineal tan propia de Occidente, co-
nocía una ruta más rápida para llegar a casa de la
abuela. Tras irrumpir bruscamente en ella, devoró a
la anciana, adoptando con ello una línea de conduc-
ta completamente válida para cualquier carnívoro.
A continuación, inmune a las rígidas nocio-
nes tradicionales de lo masculino y lo femenino, se
puso el camisón de la abuela y se acurrucó en el le-
cho.
Caperucita Roja entró en la cabaña y dijo:
Abuela, te he traído algunas chucherías ba-
Sus gritos llegaron a oídos de un operario
jas en calorías y en sodio en reconocimiento a tu pa-
de la industria maderera (o técnico en combustibles
pel de sabia y generosa matriarca.
vegetales, como él mismo prefería considerarse)
Acércate más, criatura, para que pueda ver-
que pasaba por allí. Al entrar en la cabaña, advir-
te -dijo suavemente el lobo desde el lecho.
tió el revuelo y trató de intervenir. Pero apenas
¡Oh! -repuso Caperucita-. Había olvidado
había alzado su hacha cuando tanto el lobo como
que visualmente eres tan limitada como un topo. Pe-
Caperucita Roja se detuvieron simultáneamente.
ro, abuela, ¡qué ojos tan grandes tienes!
- ¿Puede saberse con exactitud qué cree us-
- Han visto mucho y han perdonado mucho,
ted que está haciendo? -inquirió Caperucita.
querida.
El operario maderero parpadeó e intentó
- Y, abuela, ¡qué nariz tan grande tienes!…
responder, pero las palabras no acudían a sus la-
relativamente hablando, claro está, y a su modo indu-
bios.
dablemente atractiva.
- ¿Se cree acaso que puede irrumpir aquí
- Ha olido mucho y ha perdonado mucho,
como un Neandertalense cualquiera y delegar su ca-
querida.
pacidad de reflexión en el arma que lleva consigo? -
prosiguió Caperucita-. ¡Sexista! ¡Racista! ¿Cómo
se atreve a dar por hecho que las mujeres y los lo-
bos no son capaces de resolver sus propias diferen-
cias sin la ayuda de un hombre?
Al oír el apasionado discurso de Caperuci-
ta, la abuela saltó de la panza del lobo, arrebató el
hacha al operario maderero y le cortó la cabeza.
Concluida la odisea, Caperucita, la abuela
y el lobo creyeron experimentar cierta afinidad en
sus objetivos, decidieron instaurar una forma alter-
nativa de comunidad basada en la cooperación y el
- Y… abuela, ¡qué dientes tan grandes tie-
respeto mutuos y, juntos, vivieron felices en los bos-
nes!
ques para siempre.
Respondió el lobo:
- Soy feliz de ser quien soy y lo que soy -y,
Gonzalo Gómez Navazo
saltando de la cama, aferró a Caperucita Roja con
sus garras, dispuesto a devorarla.
Caperucita gritó; no como resultado de la
aparente tendencia del lobo hacia el travestismo, si-
no por la deliberada invasión que había realizado
de su espacio personal.
20

