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Revista Nº 4 - Ago/2011
             Aldea del Pinar
            do a tu tradicional condición de proscrito social y a
            la perspectiva existencial -en tu caso propia y global-
            mente  válida-  que  la  angustia  que  tal  condición  te
            produce te ha llevado a desarrollar. Y ahora, si me
            perdonas, debo continuar mi camino.
                   Caperucita Roja enfiló nuevamente el sende-
            ro. Pero el lobo, liberado por su condición de segre-
            gado  social  de  esa  esclava  dependencia  del
            pensamiento  lineal  tan  propia  de  Occidente,  co-
            nocía una ruta más rápida para llegar a casa de la
            abuela. Tras irrumpir bruscamente en ella, devoró a
            la anciana, adoptando con ello una línea de conduc-
            ta completamente válida para cualquier carnívoro.
                   A continuación, inmune a las rígidas nocio-
            nes tradicionales de lo masculino y lo femenino, se
            puso el camisón de la abuela y se acurrucó en el le-
            cho.
                   Caperucita Roja entró en la cabaña y dijo:
                   Abuela, te he traído algunas chucherías ba-
                                                                     Sus  gritos  llegaron  a  oídos  de  un  operario
            jas en calorías y en sodio en reconocimiento a tu pa-
                                                              de la industria maderera (o técnico en combustibles
            pel de sabia y generosa matriarca.
                                                              vegetales,  como  él  mismo  prefería  considerarse)
                   Acércate más, criatura, para que pueda ver-
                                                              que pasaba por allí. Al entrar en la cabaña, advir-
            te -dijo suavemente el lobo desde el lecho.
                                                              tió  el  revuelo  y  trató  de  intervenir.  Pero  apenas
                   ¡Oh!  -repuso  Caperucita-.  Había  olvidado
                                                              había  alzado  su  hacha  cuando  tanto  el  lobo  como
            que visualmente eres tan limitada como un topo. Pe-
                                                              Caperucita Roja se detuvieron simultáneamente.
            ro, abuela, ¡qué ojos tan grandes tienes!
                                                                     - ¿Puede saberse con exactitud qué cree us-
                   - Han visto mucho y han perdonado mucho,
                                                              ted que está haciendo? -inquirió Caperucita.
            querida.
                                                                     El  operario  maderero  parpadeó  e  intentó
                   - Y, abuela, ¡qué nariz tan grande tienes!…
                                                              responder,  pero  las  palabras  no  acudían  a  sus  la-
            relativamente hablando, claro está, y a su modo indu-
                                                              bios.
            dablemente atractiva.
                                                                     -  ¿Se  cree  acaso  que  puede  irrumpir  aquí
                   -  Ha  olido  mucho  y  ha  perdonado  mucho,
                                                              como un Neandertalense cualquiera y delegar su ca-
            querida.
                                                              pacidad de reflexión en el arma que lleva consigo? -
                                                              prosiguió  Caperucita-.  ¡Sexista!  ¡Racista!  ¿Cómo
                                                              se atreve a dar por hecho que las mujeres y los lo-
                                                              bos no son capaces de resolver sus propias diferen-
                                                              cias sin la ayuda de un hombre?
                                                                     Al oír el apasionado discurso de Caperuci-
                                                              ta, la abuela saltó de la panza del lobo, arrebató el
                                                              hacha al operario maderero y le cortó la cabeza.
                                                                     Concluida la odisea, Caperucita, la abuela
                                                              y  el  lobo  creyeron  experimentar  cierta  afinidad  en
                                                              sus objetivos, decidieron instaurar una forma alter-
                                                              nativa de comunidad basada en la cooperación y el
                   -  Y…  abuela,  ¡qué  dientes  tan  grandes  tie-
                                                              respeto mutuos y, juntos, vivieron felices en los bos-
            nes!
                                                              ques para siempre.
                   Respondió el lobo:
                   - Soy feliz de ser quien soy y lo que soy -y,
                                                                                      Gonzalo Gómez Navazo
            saltando de la cama, aferró a Caperucita Roja con
            sus garras, dispuesto a devorarla.
                   Caperucita  gritó;  no  como  resultado  de  la
            aparente tendencia del lobo hacia el travestismo, si-
            no  por  la  deliberada  invasión  que  había  realizado
            de su espacio personal.


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