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Revista Nº 4 - Ago/2011
             Aldea del Pinar



                   El cantor de verdiales (cuento)


                    Llegó  al  atardecer  de  un  frío  día  de   morada,  dejando  tras  de  sí  sones  de  esperanza.
            invierno,  con  el  viento  ululando  por  las  calles  y   Pronto corrió la voz por toda la población, incluso
            sacudiendo  violentamente  los  cuarterones.  Era  un   entre las  opulentas damas ataviadas con sus velos
            día laborable, recuerdo, aunque no se viera vagar ni   de ala de mosca, de que el joven trovero sanaba la
            una  sola  alma.  Mal  día  ha  elegido  para  venir  a   melancolía. Y  así,  una  tras  otra,  fueron  abriéndose
            vender,  cacharrero  —le  dijo  la  abuela  desde  la   al cantor las puertas y ventanas de los tristes lares,
            ventana de la cocina—. Ande, pase, eche un trago y   insuflando en cada uno de éstos con sus canciones,
            cierre la puerta, que vamos a pillar una gripe como   el ánimo que necesitaba cada desdichado ser.
            la del año dieciocho.
            Echó  a  cañete  un  trago  de  clarete  del  porrón  y  se
            sentó a mi lado, junto al fuego del hogar. Mientras
            yo atizaba la lumbre, carraspeó y comenzó a relatar,
            sin previo aviso, una antigua historia… «Llegó hace
            mucho  tiempo,  como  ahora  yo,  en  una  noche  tan
            bravía  como  ésta;  solo  que  en  vez  de  vender
            cachivaches,  cantaba  verdiales  y  curaba  la  tristeza.
            La  desconfianza  hizo  que  pocos  fueran  los  que  le
            abrieron sus puertas en la villa. En una de las casas
            acogedoras,  el  dueño,  viudo  padre  de  un
            melancólico  joven,  viendo  que  el  cielo  se  tornaba
            ya de panza de burra y que muy pronto comenzaría
            a  nevar,  decidió  proponer  al  cantor  que  pasase  la   Un día de sol, tal como vino, así se fue. Partió solo,
            noche en su hogar, albergando la esperanza de que,   cantando,  caminando  ingrávido  mientras  a  cada
            con su don, aliviaría un poco la pena del desdichado   paso exhalaba su espíritu dehiscente; seguido no de
            hijo.  Éste,  desde  infante,  aunque  inteligente,  no   ratas,  sino  de  las  negras  penas  que  atenazan  las
                                                              almas. Nadie puso de su esbelta figura una imagen
                                                              a los pies de ningún santo, ni tampoco se le erigió
                                                              estatua  alguna;  pero,  he  de  decirles  que,  muchas
                                                              noches,  aún  espero  que  llegue  y  vivifique  con  sus
                                                              cantos esta lánguida existencia».

                                                              Salió  a  la  calle,  cachazudo.  Al  despedirse,  aquel
                                                              extraño  vendedor  ambulante  levantó  su  mano
                                                              derecha  en  ademán  de  adiós,  obsequiándome,
                                                              entretanto, con una singular mueca, casi una sonrisa
                                                              sin madurar. Desde la puerta, aterido, le vi marchar
                                                              en  su  furgoneta,  fascinado  por  su  historia  y  por  el
                                                              baile  de  los  primeros  copos  de  nieve  que,  como
            había  sonreído  jamás.  El  motivo  se  desconocía,   impulsados  por  una  música  de  verdiales,  albeaban
            pero  ya  en  su  día  la  comadrona  advirtió  que  el   la nubífera noche aldeana.
            neonato era extraño, pues no sabía sonreír ni llorar.
            Incluso  se  pensó  que,  acaso,  tampoco  atesoraría
                                                                         Antonio-José Viñarás y Domingo
            ánima;  algo  que  pareció  confirmarse  según  fue
            creciendo,  al  semejar  ser  una  criatura  realmente
            indolente.
            Al  alba,  el  cantor  de  verdiales  abandonó  la  triste

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