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Revista Nº 4 - Ago/2011
             Aldea del Pinar



                   La última vaca (relato).


                  o sé el tiempo que habrá pasado desde aque-
                  llos años lejanos en los que la vida discurría si-
                  guiendo  el  orden  cíclico  que  aseguraba  el
            equilibrio  marcado  por  las  cuatro  estaciones,  pero
            tengo la impresión de que han sido siglos enteros, y
            quiero escribir los recuerdos que vienen a mi memo-
            ria de tarde en tarde antes de que los arrastre el olvi-
            do como arrastra cuanto encuentra a su paso la puja
            del río. Escribir las costumbres antiguas de los pue-
            blos, puede ser un reconocimiento y un acto de justi-
            cia hacia los hombres y las mujeres que las vivieron.
                    Una mañana de cielo ceniciento, en aquella
            temporada  del  año  todas  las  mañanas  amanecían   Contaban que la única viuda que había en el pueblo
            con el cielo ceniciento, mi padre ataba la vaca a la   se  había  quedado  sola  al  poco  de  casarse,  cuando
            herradura que había junto a la puerta de casa, y se   un buey almorcó a su marido y murió camino de So-
            ponía a lavarla con gran calma. Mi madre sacaba de   ria antes de llegar a Navaleno, donde le llevaban en
                                                              un carro de bueyes para que los médicos apañasen
            la lumbre calderos y calderos de agua caliente, y se
            los iba echando pausadamente por el lomo, por los   el estropicio que tenía en las tripas.
            ijares, por los cuartos traseros, mientras él iba rascan-  Todos  los  veranos  los  tábanos  provocaban
            do con un trozo de teja los últimos restos de basura   la estampida de los bueyes alguna vez cuando ses-
            pegada. Al terminar la mañana, la vaca estaba com-  teaban en el soto del río, como cuando cayeron cin-
                                                              co  novillos  al  barranco  de  Los  Resquebrajales
            pletamente  cambiada.  Su  pelo  era  más  oscuro  que
            nunca, y sus cuernos parecían más largos y más blan-  huyendo de las moscas en desbandada. Lo recuerdo
            cos.                                              porque tuvieron que sacrificar a los cinco en la pla-
                    Después de comer, mi padre se ponía su tra-  za, alguno con las cuatro patas rotas o el espinazo
            je nuevo de pana, y nos besaba. La vaca salía de la   tronchado, y se repartió la carne en suertes entre to-
                                                              dos los vecinos.
            cuadra majestuosa con una manta negra a la espal-
            da, y una zumba dorada en un collar de cuero muy         Qué lejos quedaban aquellos otoños en que
            ancho  con  adornos  brillantes  y  tachuelas  doradas.   llegaban  las  carretas  de  bueyes  de  San  Leonardo
            Se iban los dos sin atender al tiempo, pacientemen-  cargadas con vigas de pino y piñas de los pinares, y
            te, uno detrás del otro. Mirando sólo al camino y al   cambiaban  por  grano  y  paja  para  que  sirvieran  de
                                                              pienso y camas de las cuadras durante el invierno.
            cielo. La llevaba a la feria de San Esteban.
                    Diez  años  antes,  en  el  pueblo  todos  tenían   Entonces  fue  cuando  mi  padre  se  deshizo
            bueyes, pero la gente empezó a preferir los machos   de la yunta de bueyes y compró una vaca y un bu-
            para hacer la labranza, y las boyadas que antaño ta-  rro,  que  uncía  emparejados  lo  mismo  al  arado  que
            chonaban de negro el verde de las praderas poco a   al trillo o al carro.
                                                                     El  burro  era  un  animal  noble  y  no  muy
            poco desaparecieron. Los bueyes comían más forra-
            je, y exigían mayores atenciones.                 grande, al que llamábamos boche en apelativo afec-
            Después, por si fuera poco, estaban los quebrantos   tuoso  sin  que  fuera  necesario  ningún  otro  nombre
            y las desgracias que acarreaban.                  para distinguirlo de los demás del pueblo. La vaca,
                                                              en contraste, tenía dos: uno de ellos era bueno, y lo
                                                              usábamos  cuando  se  portaba  con  mansedumbre  o
                                                              queríamos que nos mirara con aquellos ojos suyos,
                                                              tan grandes y expresivos que parecían hablarnos. El
                                                              otro era duro, y sonaba como un trallazo en la boca
                                                              de mi padre, que lo utilizaba en contadas ocasiones,
                                                              cuando  se  ponía  terca  o  permanecía  inmóvil  como
                                                              una mole inconmovible desobedeciendo las órdenes
                                                              que le daba.
             El boyero castellano.
                                                                     Pero  a  la  vaca  le  entró  la  gusanera  en  una
             Sorolla
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