Page 13 - Revista 2014
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(*) Lo importante no es saber, sino tener el teléfono del que sabe.
            Aldea del Pinar                                                                Revista Nº 7 - Ago/2014

                   La garra enjoyada





                                                                     Pues  bien,  aquel  día  en  que  mi  madre,
                   Hace tiempo, bastante ya, mi madre me      entonces  niña,  llegó  tarde  por  ir  en  pos  de  la
            contó  un  relato  que,  en  su  día,  siendo  niña,  le   mágica avecilla, tras una leve reprimenda fue a
            había  narrado  a  ella  su  tía,  Dora  Viñarás  de   sentarse junto a su tía Dora, la cual, depositan-
            María, hermana mayor de mi abuelo Paco. Leo-      do el rosario en su regazo, comenzó a acariciar
            nor,  mi  madre,  recuerda  bien  aquella  jornada,   los rubios cabellos de Leonor, al tiempo que le
            pues,  por  la  mañana,  y  quizá  fascinada  por  su   aconsejaba  no  alejarse  demasiado  de  casa,
            grácil aleteo, había estado persiguiendo a un pe-  pues…
            queño  verderón,  de  cerrada  en  cerrada,  hasta
            quedar exhausta. Dora tampoco podía olvidar el
            lejano día en que oyó por vez primera esa histo-
            ria, en Muñecas, junto al fuego del hogar; a pe-
            sar de que su remembranza no era tan jovial. Y
            es que, aquella noche, en la madrugada de la vís-
            pera de la festividad de los santos Pedro y Pa-
            blo, la campana de la iglesia, misteriosamente,
            tañó sola. Mal presagio. Tiempo después, se su-
            po que en la mañana de aquel día habían asesina-
            do  a  un  príncipe  austríaco  y  que,  como
            consecuencia del magnicidio, se había desenca-
            denado una gran guerra en Europa... Cómo olvi-
            dar, pensó Dora con tristeza, si entonces era una
            moza sana y con toda la vida por delante. Aho-    Hace muchos, muchos años, una loba enorme y
            ra, sin embargo, y aunque no muy mayor, la en-    astuta sembró el pánico en las tierras compren-
            fermedad  había  minado  sus  fuerzas,  por  eso   didas entre el señorío de Ucero y las villas se-
            pasaba  largas  temporadas  en  la Aldea,  en  casa   rranas  de  arriba.  Decíase  que  la  bestia,  de
            de su hermano Paco. Qué infausta existencia tu-   pelaje  grisáceo  entrecano,  medía  un  metro  se-
            vo aquella mujer, amable y devota, que planta-    senta  desde  el  hocico  hasta  el  arranque  de  la
            ba árboles bajo cuya sombra sabía que jamás se    cola, y que su altura hasta la cruz rondaba los
            sentaría. Una dona que enviudó dos veces y, a     noventa centímetros. Además, su fiebre destruc-
            la  cual,  ningún  hijo  le  sobrevivió. Y  qué  decir   tiva  sólo  podía  compararse  con  su  ubicuidad,
            del aguante que debió de tener con su segundo     llegando a asegurarse que se movía más que los
            marido, un viejo natural de Santa María de las    endemoniados  de  Jaca  en  el  día  de  santa  Oro-
            Hoyas,  tan  sumamente  avaro  que,  cuando  ella   sia. Y  no  iban  desencaminadas  aquellas  gentes
            echaba un huevo en el puchero, exclamaba con      respecto  a  la  naturaleza  diabólica  de  ese  ser,
            gesto trágico: “¡Ay, huevo, huevo, huevo de mi    pues,  en  poco  tiempo,  ni  un  solo  pueblo  de  la
            corazón!”                                         comarca quedó libre de sus tropelías. Así, si en
                                                              Fuentearmegil  un  chiquillo  aparecía  devorado,
                                                              en Canicosa y Vilviestre eran los rebaños y sus
                                                              pastores los que habían sido aniquilados. Tam-
                                                              bién  se  supo  que,  en  Cantalucia  y  Casarejos,
                                                              unas  zagalas  atacadas  pudieron  salir  con  vida,
                                                              aunque desfiguradas para los restos. Parece ser
                                                              que, la fiera, llegó hasta Rabanera y La Galle-
                                                              ga, y que en la Aldea se había presentado en la



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