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(*) Lo importante no es saber, sino tener el teléfono del que sabe.
Aldea del Pinar Revista Nº 7 - Ago/2014
La garra enjoyada
Pues bien, aquel día en que mi madre,
Hace tiempo, bastante ya, mi madre me entonces niña, llegó tarde por ir en pos de la
contó un relato que, en su día, siendo niña, le mágica avecilla, tras una leve reprimenda fue a
había narrado a ella su tía, Dora Viñarás de sentarse junto a su tía Dora, la cual, depositan-
María, hermana mayor de mi abuelo Paco. Leo- do el rosario en su regazo, comenzó a acariciar
nor, mi madre, recuerda bien aquella jornada, los rubios cabellos de Leonor, al tiempo que le
pues, por la mañana, y quizá fascinada por su aconsejaba no alejarse demasiado de casa,
grácil aleteo, había estado persiguiendo a un pe- pues…
queño verderón, de cerrada en cerrada, hasta
quedar exhausta. Dora tampoco podía olvidar el
lejano día en que oyó por vez primera esa histo-
ria, en Muñecas, junto al fuego del hogar; a pe-
sar de que su remembranza no era tan jovial. Y
es que, aquella noche, en la madrugada de la vís-
pera de la festividad de los santos Pedro y Pa-
blo, la campana de la iglesia, misteriosamente,
tañó sola. Mal presagio. Tiempo después, se su-
po que en la mañana de aquel día habían asesina-
do a un príncipe austríaco y que, como
consecuencia del magnicidio, se había desenca-
denado una gran guerra en Europa... Cómo olvi-
dar, pensó Dora con tristeza, si entonces era una
moza sana y con toda la vida por delante. Aho- Hace muchos, muchos años, una loba enorme y
ra, sin embargo, y aunque no muy mayor, la en- astuta sembró el pánico en las tierras compren-
fermedad había minado sus fuerzas, por eso didas entre el señorío de Ucero y las villas se-
pasaba largas temporadas en la Aldea, en casa rranas de arriba. Decíase que la bestia, de
de su hermano Paco. Qué infausta existencia tu- pelaje grisáceo entrecano, medía un metro se-
vo aquella mujer, amable y devota, que planta- senta desde el hocico hasta el arranque de la
ba árboles bajo cuya sombra sabía que jamás se cola, y que su altura hasta la cruz rondaba los
sentaría. Una dona que enviudó dos veces y, a noventa centímetros. Además, su fiebre destruc-
la cual, ningún hijo le sobrevivió. Y qué decir tiva sólo podía compararse con su ubicuidad,
del aguante que debió de tener con su segundo llegando a asegurarse que se movía más que los
marido, un viejo natural de Santa María de las endemoniados de Jaca en el día de santa Oro-
Hoyas, tan sumamente avaro que, cuando ella sia. Y no iban desencaminadas aquellas gentes
echaba un huevo en el puchero, exclamaba con respecto a la naturaleza diabólica de ese ser,
gesto trágico: “¡Ay, huevo, huevo, huevo de mi pues, en poco tiempo, ni un solo pueblo de la
corazón!” comarca quedó libre de sus tropelías. Así, si en
Fuentearmegil un chiquillo aparecía devorado,
en Canicosa y Vilviestre eran los rebaños y sus
pastores los que habían sido aniquilados. Tam-
bién se supo que, en Cantalucia y Casarejos,
unas zagalas atacadas pudieron salir con vida,
aunque desfiguradas para los restos. Parece ser
que, la fiera, llegó hasta Rabanera y La Galle-
ga, y que en la Aldea se había presentado en la
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