Page 13 - Revista 2011
P. 13
Revista Nº 4 - Ago/2011
Aldea del Pinar
La mujer serrana.
Si pudiéramos conservar la memoria desde cualquier fiesta. Y les sobraban los motivos para ac-
que nacemos, mi primer recuerdo no sería una ima- tuar de esa manera: ellas llevaban las cuentas del ho-
gen, puesto que al nacer no vemos, sino los gritos de gar, guardaban y administraban el dinero para que
mi madre y las manos firmes y seguras de Isidora, y no le faltara a sus maridos, lavaban, cosían, limpia-
tal vez, también, su voz. No queda nadie que pueda ban, cuidaban de los niños, encalaban las paredes,
confirmarlo, pero es posible que fuera ella, Isidora, cocinaban y compartían con los hombres las faenas
quien me limpió por primera vez y quizá me acunó del campo.
o susurró una nana antes de dejarme en los brazos
de mi madre. Este sería mi primer recuerdo: entre En diciembre hacían la matanza. Era el tiem-
mujeres, siempre entre mujeres. po de las sopas morenas; hace mucho tiempo que no
las pruebo, y eso que la receta es muy fácil: corte us-
Yo nací en la casa de Felipe y Anti. Isidora ted el pan en lonchas y empápelas en la sangre del
Llorente, su madre, era la partera del pueblo. Ella cerdo; a continuación póngalo a cocer con aceite, ce-
acababa de dar a luz a Felipe, y como no podía mo- bolla y un poquito de canela. Y ya está. Estaban ri-
verse de casa mi madre fue a parir en la suya. Isido- quísimas. Ahora, en ocasiones, cuando utilizo el
ra nunca fue a la Universidad ni cursó estudios de microondas o mientras caliento la olla en la placa de
ninguna clase, pero todos la recuerdan como una co- inducción, me vienen esas escenas, entrecortadas,
madrona excepcional, capaz de atender sola un parto como fragmentos desordenados de una vieja pelí-
en aquellos tiempos duros, en verano o en invierno, cula, y pienso: “Dios mío... cuánto han cambiado
a la luz de un candil y con unos cuantos paños enjua- las cosas desde entonces”. Y a continuación sigo
gados en el río. Isidora fue la primera de las muchas cortando el pollo, uno grande, ya limpio, que he
mujeres extraordinarias que pasarían por mi vida. comprado en el supermercado.
Tras el frío diciembre llegaba el gélido ene-
ro, y con este, la que en mi memoria se presenta co-
mo la mejor de las celebraciones, el Dulce Nombre
de Jesús. Para una ocasión tan especial las mujeres
cogían algunos pollos, los mataban y desplumaban,
los limpiaban, guisaban y servían. Nunca comían
con los hombres, jamás las verías sentadas. Después
de recoger la casa representaban una obra de teatro
para todo el pueblo, obras de Benavente o Calderón
de la Barca ensayadas durante muchas noches con
más ilusión que tablas. Juana Chicote debió de tener
dotes para la actuación. Mi madre la recordaba co-
mo una actriz con talento, y muchas veces me des-
cribió, sin perder una pizca de entusiasmo, aquella
escena de El perro del hortelano en la que estuvo
memorable.
“La mujer serrana, un tesoro en cada casa”. En marzo comenzaban las labores del cam-
Yo no sé quién inventó este refrán, posiblemente un po, y allí podías verlas, si cabe más diligentes que
hombre agradecido, pero tenía razón. Esas mujeres los hombres, acostumbradas como estaban al frío;
eran especiales, y no me preguntéis a qué me refie- sus manos, curtidas de hacer agujeros en el hielo pa-
ro. Yo las recuerdo bastante guapas, altas y delga- ra lavar la ropa en el río durante el largo invierno,
das. Es cierto, los recuerdos cambian con el tiempo no se arredraban a la hora de arrancar las malas hier-
y quizá no fueran tan altas, tal vez era su forma de ca- bas de los cultivos. Después las lluvias, y con los
minar, tan orgullosa, siempre con la cabeza bien er- primeros calores de junio, llegaba la hierba. Los
guida: eso bastaba para distinguirlas de las demás en hombres la cortaban y las mujeres la cargaban con
13

