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Revista Nº 4 - Ago/2011
             Aldea del Pinar



                   La mujer serrana.


                   Si  pudiéramos  conservar  la  memoria  desde   cualquier fiesta. Y les sobraban los motivos para ac-
            que nacemos, mi primer recuerdo no sería una ima-  tuar de esa manera: ellas llevaban las cuentas del ho-
            gen, puesto que al nacer no vemos, sino los gritos de   gar,  guardaban  y  administraban  el  dinero  para  que
            mi madre y las manos firmes y seguras de Isidora, y   no le faltara a sus maridos, lavaban, cosían, limpia-
            tal vez, también, su voz. No queda nadie que pueda   ban,  cuidaban  de  los  niños,  encalaban  las  paredes,
            confirmarlo, pero es posible que fuera ella, Isidora,   cocinaban y compartían con los hombres las faenas
            quien me limpió por primera vez y quizá me acunó   del campo.
            o  susurró  una  nana  antes  de  dejarme  en  los  brazos
            de  mi  madre.  Este  sería  mi  primer  recuerdo:  entre   En diciembre hacían la matanza. Era el tiem-
            mujeres, siempre entre mujeres.                   po de las sopas morenas; hace mucho tiempo que no
                                                              las pruebo, y eso que la receta es muy fácil: corte us-
                   Yo nací en la casa de Felipe y Anti. Isidora   ted el pan en lonchas y empápelas en la sangre del
            Llorente,  su  madre,  era  la  partera  del  pueblo.  Ella   cerdo; a continuación póngalo a cocer con aceite, ce-
            acababa de dar a luz a Felipe, y como no podía mo-  bolla y un poquito de canela. Y ya está. Estaban ri-
            verse de casa mi madre fue a parir en la suya. Isido-  quísimas.  Ahora,  en  ocasiones,  cuando  utilizo  el
            ra  nunca  fue  a  la  Universidad  ni  cursó  estudios  de   microondas o mientras caliento la olla en la placa de
            ninguna clase, pero todos la recuerdan como una co-  inducción,  me  vienen  esas  escenas,  entrecortadas,
            madrona excepcional, capaz de atender sola un parto   como  fragmentos  desordenados  de  una  vieja  pelí-
            en aquellos tiempos duros, en verano o en invierno,   cula,  y  pienso:  “Dios  mío...  cuánto  han  cambiado
            a la luz de un candil y con unos cuantos paños enjua-  las  cosas  desde  entonces”.  Y  a  continuación  sigo
            gados en el río. Isidora fue la primera de las muchas   cortando  el  pollo,  uno  grande,  ya  limpio,  que  he
            mujeres extraordinarias que pasarían por mi vida.  comprado en el supermercado.


                                                                     Tras el frío diciembre llegaba el gélido ene-
                                                              ro, y con este, la que en mi memoria se presenta co-
                                                              mo la mejor de las celebraciones, el Dulce Nombre
                                                              de Jesús. Para una ocasión tan especial las mujeres
                                                              cogían algunos pollos, los mataban y desplumaban,
                                                              los  limpiaban,  guisaban  y  servían.  Nunca  comían
                                                              con los hombres, jamás las verías sentadas. Después
                                                              de recoger la casa representaban una obra de teatro
                                                              para todo el pueblo, obras de Benavente o Calderón
                                                              de  la  Barca  ensayadas  durante  muchas  noches  con
                                                              más ilusión que tablas. Juana Chicote debió de tener
                                                              dotes para la actuación. Mi madre la recordaba co-
                                                              mo una actriz con talento, y muchas veces me des-
                                                              cribió,  sin  perder  una  pizca  de  entusiasmo,  aquella
                                                              escena  de  El  perro  del  hortelano  en  la  que  estuvo
                                                              memorable.


                   “La mujer serrana, un tesoro en cada casa”.       En marzo comenzaban las labores del cam-
            Yo no sé quién inventó este refrán, posiblemente un   po,  y  allí  podías  verlas,  si  cabe  más  diligentes  que
            hombre  agradecido,  pero  tenía  razón.  Esas  mujeres   los  hombres,  acostumbradas  como  estaban  al  frío;
            eran especiales, y no me preguntéis a qué me refie-  sus manos, curtidas de hacer agujeros en el hielo pa-
            ro. Yo  las  recuerdo  bastante  guapas,  altas  y  delga-  ra lavar la ropa en el río durante el largo invierno,
            das. Es cierto, los recuerdos cambian con el tiempo   no se arredraban a la hora de arrancar las malas hier-
            y quizá no fueran tan altas, tal vez era su forma de ca-  bas  de  los  cultivos.  Después  las  lluvias,  y  con  los
            minar, tan orgullosa, siempre con la cabeza bien er-  primeros  calores  de  junio,  llegaba  la  hierba.  Los
            guida: eso bastaba para distinguirlas de las demás en   hombres  la  cortaban  y  las  mujeres  la  cargaban  con



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