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Revista Nº 4 - Ago/2011
             Aldea del Pinar
            horcas en los carros, “peinándola”, y allí estaban mi   50, cuando era raro ver a una mujer en la universi-
            madre,  Trinidad  Rupérez,  Manuela  y  Remedios   dad,  e  hizo  brillantemente  la  carrera  de  Químicas.
            Ibáñez,  Patrocinio Aparicio,  Juana  Chicote... A  to-  Nieves García aún sigue escribiendo poesía, y Pie-
            das las vi yo, arremangadas, un día y otro, incansa-  dad Mateo no ha colgado los pinceles. Cada cual hi-
            bles,  en  lo  alto  de  los  carros  o  bien  acarreándola   zo  lo  que  pudo  según  las  circunstancias;  fueron
            ellas mismas, a la espalda, en grandes “gabijones” o   mujeres muy luchadoras y no me parece injusto re-
            sacos con toda la diligencia posible, porque al atarde-  cordarlo ahora aunque no pueda mencionar a todas.
            cer  debían  regresar  para  seguir  con  la  casa,  cuidar
            de los niños, coser...

                   Así eran las cosas. Mucha gente joven cree
            que la mujer limitaba su trabajo a la casa, pero no
            es así. Las serranas iban al monte con los hombres,
            a por leña. La cortaban y cargaban en los carros tira-
            dos por vacas. Incluso, os diré que algunas mujeres
            también  araban,  como  la  abuela  Munda,  que  no
            tenía marido. Cuando llegaba la época de la siega,
            las  mujeres  tiraban  de  hoz  igual  que  los  hombres,
            aunque eso sí, comenzaban un poco más tarde por-
            que antes se encargaban de preparar el almuerzo pa-
            ra  los  maridos.  ¿Creéis  que  exagero?  La  tía
            Perpetua, por ejemplo, me contó que con ocho años
            iba  de  pastora,  y  se  lanzaba  más  que  los  niños  de
            nueve y diez, y a esa edad poco más o menos, en ve-      ¿Y  los  hombres?,  os  preguntaréis.  ¿Qué
            rano, ya dormía en la lastra, por esa costumbre de   hacían?  Bueno,  los  había  de  todas  clases,  pero  os
            no dejar a las ovejas solas, no se fueran a los sembra-  contaré una anécdota. Me la contó mi madre. Es la
            dos. Ahora me acuerdo también de Micaela Gómez:   historia de una señora de Hontoria que se casó muy
            esa  gran  mujer  mantuvo  a  sus  hijos  con  las  uñas.   joven. A las pocas semanas de la boda mi madre se
            Tenía nueve, y jamás les faltó de comer, pero para   la encontró y la preguntó si se había ido de viaje de
            conseguirlo  trabajaba  de  la  mañana  a  la  noche,  y   novios:
            cuando no había bajaba al río a por cangrejos, o al   -Sí,  a  Burgos,  a  ver  la  catedral  –respondió  la  otra
            campo a por berros o níscalos, lo que fuera.      tan pancha.
                                                              -¿Y qué tal? ¿Le gustó a tu marido?
                   Así eran las aldeanas, resueltas y emprende-  -¿Qué le va a gustar? Si el pobre, antes de ir, me di-
            doras. Por ejemplo, mi madre Trini y su hermana Ge-  jo: pero mujer, qué se nos ha perdido allí, si eso es
            nerosa, a los catorce años, se pusieron a hacer pan   muy grande. ¡Así que me fui sola! ¡Él prefirió que-
            para vender. Ángeles Aparicio aprendió sola los se-  darse aquí, zangoloteando!
            cretos de la alta costura. Angelina Chicote se fue a
            estudiar  a  Madrid:  os  estoy  hablando  de  los  años   Pues  eso,  que  cada  cual  saque  sus  propias
                                                              conclusiones, y con esto acabo, pero no quería ha-
                                                              cerlo sin referirme a la mujer que mejor encarna las
                                                              virtudes de las aldeanas, aunque sé que su modestia
                                                              le impedirá reconocerlo. Todos la conocéis. Me re-
                                                              fiero a Patrocinio Aparicio, una mujer de una pieza,
                                                              dura como el hierro a la hora del trabajo y dulce y
                                                              cariñosa en el trato con los demás. Patrocinio es la
                                                              última de esa generación de mujeres extraordinarias
                                                              que  yo  conocí.  Sus  nombres  se  perderán  con  el
                                                              tiempo pero su espíritu permanecerá de alguna ma-
                                                              nera entre las calles de este pueblo que ellas ayuda-
                                                              ron  a  construir.  Se  me  ocurre  que  no  sería  mal
                                                              homenaje dedicar una de nuestras calles a estas bra-
                                                              vas mujeres de Aldea.
                                                                                    Josefina Sanz Rupérez


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